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viernes, 17 de agosto de 2012

De madrugada

Sabado trasnoche, en el cine. Nunca fui a una función de sábado trasnoche. En cambio me he pasado, mas de mil y una trasnoche por diferentes motivos, en diferentes etapas de mi vida, pero siempre la medianoche llegó demasiado rápido, siempre necesité más tiempo. Cuando era chica, y compartía el cuarto con mi hermano mayor, mi mamá solía darnos un libro por semana para leer. El primer recuerdo que tengo de un libro en mi mano es Azabache, de Anna Sewell, el primer libros "sin dibujitos" que leí, bah, en realidad devoré, la triste historia de un caballo negro, hermoso, noble, con un final feliz, por supuesto, en esas primeras incursiones en la lectura, alrededor de mis nueve años, mi mama no iba a darme una biografía no autorizada. Ese libro confirmo mi pasión por los caballos, de hecho apenas terminé de leerlo comencé una cruzada personal para que me llevaran a equitación. Yo vivía en un departamento céntrico, en el que con dos pasos exactos, pasabas de una habitación a otra. A partir de ese libro fue que me adueñe de la linterna que estaba en el cajón de la cocina, la cual me servía para seguir leyendo una vez que mi mamá decretaba el fin de la jornada. Incontables las veces que mi hermano me delató, incontables las veces que me quitaron la linterna e incontables las veces también que la busqué y la volví a encontrar para volver a meterla bajo mi almohada. Los libros fueron el primer motivo por el cual la trasnoche se transformó en parte del día. Al tiempo nos mudamos a una casa más grande, en donde tenía mi propia habitación y donde, además, tenía el lujo incomparable de una radio, mi primera radio, chiquita, regalo de mi abuelo. La música fue mi segundo amor... o tercero, libros, caballos y música, en ese orden. Más tarde llegó un pasacasette, en el que fui descubriendo y definiendo estilos. Lo primero que recuerdo haber escuchado repetidas veces es el tema de Zorba el Griego. Mi papá lo tenía en un cassette en el auto y yo lo escuchaba cada vez que tenía que esperarlo mientras hacía trámites (en esa época uno podía dejar a sus hijos en el auto mientras hacía otra cosa). Con el paso del tiempo trasnoche por distintos motivos, salidas con amigas en la adolescencia, noches de estudio en mis años de facultad, charlas interminables con mi mejor amiga, con la que compartía no solo los estudios, sino también el hogar. Un día me fui a vivir sola y descubrí el interminable mundo de internet, en el cual, mientras todos duermen alrededor tuyo, en la pantalla hay miles y miles de cosas por encontrar. Aún hoy sigo trasnochando, con mi beba en brazos, mientras hago de mecedora humana, tratando de concederle un sueño tranquilo y relajado, cantándo en voz bajita para que no se despierten los otros habitantes de la casa. Asi que, asi son las cosas, el día, para mí, como para muchos, es demasiado corto, y la noche, también.

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