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domingo, 26 de agosto de 2012

Mi vida conmigo

 De niña una sueña, pasa noches desvelándose, pensando en como será su futuro. Una imagina una casa impecable, armónica, con aromas de comidas caseras en el  horno, y flores frescas traídas por un hombre amoroso, compañero, chicos jugando tranquilamente en sus cuartos hermosamente decorados.
Con el tiempo, una persona generalmente pasa por distintos hogares, el primero, el de su infancia, luego llega la facultad y con eso a veces, la necesidad de mudarse de ciudad, de aprender a vivir solo, con todo lo que eso implica. Muchas veces, a eso le sigue una nueva familia, donde una siente por momentos que la soledad quedó atrás.
Y es cierto, muchas veces la soledad queda atrás, marido, hijos, amigos, llenan nuestros días en un desfile permanente, casi siempre para traer alegría a nuestra vida, y otras no tanta.
Tener una familia es lo mejor que me ha pasado, ciertamente no fui una adolescente que soñó con el chalecito, el parque, perro y demás, pero ahora que, lo tengo, bah, me falta el perro, el parque, pero ya van a llegar, a veces me cuesta reconocerme a mi misma en este nuevo rol, madre, esposa, nuera, cuñada, son muchas personas que hay que tratar de armonizar lo mejor posible.
Pero también en nuestra casa, con todos sus habitantes, muchas veces necesitamos volver a estar solos, al menos  por unas pocas horas, ya sea para leer sin ser interrumpida, tomar un baño sin pensar que la comida se  puede quemar. Aunque a veces esa soledad se transforma en estar solo, sentirse solo, no es lo mismo que disfrutar de un rato de soledad.
Sentirse solo, en una casa con otros habitantes es un sentimiento muy extraño, que lo aleja de quienes lo necesitan, pero a veces es inevitable. Puede llegar en cualquier momento, cuando uno menos lo espera, y es como una tormenta de arena, que mientras pasa, no deja ver nada más. Uno se  siente abandonado, como si su familia pudiera seguir su vida inalterable sin enterarse que ya no estamos más ahí.
Lo cierto es que esos momentos, tenemos que dejarlos pasar, pues cuando la tormenta pasa, volvemos a ver nuestra casa, nuestros hijos, nuestro amor. Volvermos a ver los cuartos de los niños, decorados como mejor pudimos, el orden seguramente no sea perfecto, pero bueno, una casa donde nunca hay nada por guardar, es una casa donde nunca se hace nada, muchas veces habrá aromas de comidas que salen del horno, y cuando no, habrá una caja de pizza, o cualquier otro delivery que nos haya tentado, y las flores las flores, bueno, las disfrutaremos en aniversarios, cumpleaños y algún que otro evento particular.
Aprender a disfrutar de todo, de la companía, de la soledad, de la alegría, la tristeza en incluso de la angustia, sin esos momentos de desasosiego, no sabríamos disfrutar todo lo demás. Sufrir en silencio nuestros instantes oscuros y disfrutar a viva voz la luz que nos rodea, o al menos, intentarlo.

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